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| Larry Cohen forma parte de un venerable grupo de cinéfagos que en la benemérita década de los Talking Heads reinventaron el género (huelga decir, en estas páginas, cuál). La cuadrilla, como en los westerns de apaches, tuvo un guía-explorador avanzado: George A. Romero facturó en 1968 La noche de los muertos vivientes, el canónico e inamovible punto de referencia del neoterror. De Palma (Carrie), Hooper (La matanza de Texas), Craven (La última casa a la izquierda), Cronenberg (Vinieron de dentro de...) y Carpenter (La noche de Halloween) marcarían a fuego esos setenta que también tuvieron en el cine de primera división (acceso al Oscar, para entendernos) un arrasador triunfo popular de la mano de Friedkin y El exorcista. | ||
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1974 fue el año del despegue de Lawrence G. Cohen, un neoyorquino de 36 años que se había dado a conocer en el campo del guión (en westerns con sabor a spaghetti: El regreso de los siete magníficos y El Cóndor) y en la dirección de series televisivas y blaxploitations coyunturales y que dejó el plexo solar del respetable hecho unos zorros con Estoy vivo, un angustioso thriller que tomó prestado del maestro Hitchcock, amén de un agudo sentido de la geometría del montaje (la escena de la camioneta del lechero es un prodigio de sabiduría narrativa), a su más señero compositor, Bernard Herrmann, autor de una sobresaliente partitura atmosférica. Desde esa fecha crucial del terror contemporáneo, Cohen, infatigable estajanovista, ha trabajado como guionista (la catastrolocuela parodia El autobús atómico, de Frawley; los excelentes textos de Best Seller, de Flynn, o El abogado del diablo, de Lumet, etc.), como productor y guionista (la saga Maniac Cop, de Lustig) o en la triple faceta de guionista, director y productor (algunos de sus títulos de gloria: Demon, La serpiente voladora, In Natural...) en casi una cuarentena de películas. A pulso se ha ganado un prestigio en la industria y el merecido reconocimiento de los connaisseurs del cine fantástico de bajo presupuesto. A diferencia de sus colegas de generación, su cine de terror raras veces bebe en las fuentes de los clásicos mitos del género (una excepción sería Wicked Stepmother, donde una anciana Bette Davis, en su última -e inconclusa- interpretación en cine, encarnaba a una bruja). | |
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| Ni momias, ni hombres
lobo ni vampiros. Como en Spielberg, pero desde el más arraigado espíritu
de la serie B, los elementos sobrenaturales surgen de la más estricta cotidianeidad,
con especial énfasis en la vorágine de la vida urbana y las paranoias que
en ella anidan, de las que propone una imagen emblemática el arranque de
Demon: el caos circulatorio, la polución, la estampida de los ciudadanos
avanzando sobre el asfalto... hasta que un francotirador empieza a cepillarse
peatones a diestro y siniestro. |
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| Ese orden
que es desorden es el que genera al bebé sanguinario de Estoy vivo (y sus
dos secuelas), al mitológico ofidio emplumado de La serpiente voladora (reencarnación,
brillante propuesta, del dios azteca Quetzalcóatl, cuya guarida es nada
meno que la cúspide del neoyorquino rascacielos de la Chrysler), el yogur
letal de In Natural, el depredador vehículo sanitario de The Ambulance (thriller
de planteamento fantástico y resolución racional), el discurso teológico
de la propia Demon, etc. Y a esos terrores engendrados en el vientre de
las cuitas diarias se enfrentan, en justa correspondencia, héroes sin trascendencia
alguna: un padre de familia, un policía desencantado y cordial, un dibujante
de cómics, un delincuente de tres al cuarto, etc. Su visualización es, asimismo,de
una justeza extraordinaria, hecha de imágenes realistas y fulgurantes intervalos
que ilustran el vivir cada día de sus protagonistas. No es de extrañar que,
en una época tan proclive al cine mastodóntico, el terror digamos casero
que nos propone Cohen y su exposición a través de relatos de tono naturalista
sean ya únicamente manjar para gourmets de selecto paladar.
Jordi Batlle Caminal |
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| 5/9 |