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No hay salida. El planeta Tierra se
llena de asesinos que ejercen su profesión a los sones de las músicas más
comerciales y dominantes en un mercado que intenta disfrazarse de cultural
(recuperadas por el comercio en disco compacto con la banda de sonido de
las películas), y la exploración del espacio demuestra, secondo il cinema,
que no hay rincones en el universo donde el ser humano pueda esperar con
reposo la llegada de la vejez y la muerte. Pero tal vez yo esté equivocado
y resulte que, en definitiva, no existe esa enfermedad llamada vejez: las
víctimas del terror son jovencitos recién llegados de la discoteca o de
las pistas de tenis (o de pádel, puesto ahora de moda por designio de cierta
prensa política empeñada en halagar a otro hombre con bigote). La característica
de ese cine, que se ajusta a las leyes del mercado como la ropa prêt-à-porter
al cuerpo, es, por supuesto, la familiaridad (reñida, por principio, con
la idea de lo fantástico): se acude a ver esas películas con la predisposición
de asistir a un espectáculo conocido, construido a base de clichés y de
lugares comunes, y, cuando llega el momento de la aparición de los seres
de los sueños y las pesadillas, por el patio de butacas no corre otra inquietud
que la que tratan de producir, en vano, los vaivenes de una cámara lanzada
por los pasillos en una especie de tiovivo cuyo aire no está perfumado por
los algodones de azúcar y el aceite quemado de los churros, sino por la
ácida pestilencia de las palomitas de maiz; hay salas de proyección que
ofrecen en sus butacas un espacio para acomodar el paquete de palomitas
que se puede comprar a la entrada. Según il vecchio Dario Argento, padre
de la Constitución del nuevo cine prêt-à-porter con asesino dentro, los
cuerpos de jóvenes, sobre todo los de mujeres, son más estéticos a la hora
de mostrar un asesinato con derroche de desnudos y sangre.
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Lo que Argento calló, pero todos sabemos,
es que, en cine, resultan más rentables las víctimas jóvenes, porque son
éstos los que acuden con mayor frecuencia a los cines y prefieren verse
a sí mismos, aunque sea decapitados o descuartizados con cuchillas, mientras
los de más edad, o aquellos que piensen que el fantástico es un hecho cultural,
quizá se dediquen a leer en casa, recuperando un placer que algunos no conocerán
nunca, los cuentos de M.R. James, Benson, Maupassant, Dickens, Conan Doyle,
Nerval, Bierce, Chesterton o Henry James, o, si son aficionados al cine,
a ver viejas películas de Browning, Tourneur, Whale, Ulmer, Schoedsack,
Cooper, Freund, Florey, Laughton, Mizoguchi, Powell, Has, Fisher, Kobayashi,
Freda o La maschera del demonio de Mario Bava, hasta cuyos jardines en blanco
y negro llega el aroma de las flores del mal. |

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Aquellos que consideran
que lo fantástico puede ser algo más que el susto fácil o una bufonesca
mascarada, quienes creen en su poder inquietante y perturbador, pueden recurrir
incluso a otras películas que se esforzaron por demostrar que las virtudes
de la fantasía no se hallan en los espectáculos alienantes ni en las mascaradas
de Halloween que sirven sustos de una sola noche, sino en ficciones que
violentan, precisamente, la seguridad, la autosuficiencia del pensamiento
burgués, que se sirven del sueño y de la pesadila para poner en cuestión
la idea de lo familiar, de lo tranquilizador, y reflexionan sobre la condición
humana y su conflictiva colocación en eso que denominamos realidad. Véanse,
p.e., estas muestras de cine antiguo: L'Anne dernière a Marienbad y Je t'aime,
je t'aime (Resnais), Vargtimmen (Bergman) o Toby Dammit y Casanova (Fellini).
José María Latorre |
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