Hasta hace poco tiempo, cuando uno dormía le amenazaba el peligro de soñar con un tal Freddy Krueger. Y ahora no se puede atender el teléfono porque el peligro es integrarse, como figurante, en el casting de un Scream cualquiera presidido por los sudores de una cinefilia enfermiza. Un espejo -cualquier espejo- es intermediario de una aparición del "otro lado" antes de la llegada de los cenobitas, encargados de reciclar la vieja idea de que el infierno se encuentra entre nosotros. Un condenado a la silla eléctrica recibe descargas de miles de voltios pero regresa porque debe vengarse, como mandan los cánones. Tras devorar a sus víctimas, un monstruo alado deja como residuos de su digestión desde relojes hasta marcapasos (he aquí una alimentación bien aprovechada). Pero hay que olvidarse de huir del planeta Tierra en busca de lugares y espacios más tranquilos o menos hostiles: probablemente, la nave en la que uno viaja (que nunca más podrá ser la del astronauta Tichy de Stanislaw Lem) reciba la indeseada visita de un extraterrestre decidido a demostrar que la antropofagia no es exclusiva de los alfarúes; o la nave puede ir a parar a un planeta desconocido cuyas piedras se empeñen en devorar carne de astronauta (aunque les espere el chasco de que tal astronauta no sea más que un androide y, en tal caso, dé lugar a una pesada digestión de metales y de cables que ni el monstruo de Phantoms es capaz de ejecutar con éxito).

  No hay salida. El planeta Tierra se llena de asesinos que ejercen su profesión a los sones de las músicas más comerciales y dominantes en un mercado que intenta disfrazarse de cultural (recuperadas por el comercio en disco compacto con la banda de sonido de las películas), y la exploración del espacio demuestra, secondo il cinema, que no hay rincones en el universo donde el ser humano pueda esperar con reposo la llegada de la vejez y la muerte. Pero tal vez yo esté equivocado y resulte que, en definitiva, no existe esa enfermedad llamada vejez: las víctimas del terror son jovencitos recién llegados de la discoteca o de las pistas de tenis (o de pádel, puesto ahora de moda por designio de cierta prensa política empeñada en halagar a otro hombre con bigote). La característica de ese cine, que se ajusta a las leyes del mercado como la ropa prêt-à-porter al cuerpo, es, por supuesto, la familiaridad (reñida, por principio, con la idea de lo fantástico): se acude a ver esas películas con la predisposición de asistir a un espectáculo conocido, construido a base de clichés y de lugares comunes, y, cuando llega el momento de la aparición de los seres de los sueños y las pesadillas, por el patio de butacas no corre otra inquietud que la que tratan de producir, en vano, los vaivenes de una cámara lanzada por los pasillos en una especie de tiovivo cuyo aire no está perfumado por los algodones de azúcar y el aceite quemado de los churros, sino por la ácida pestilencia de las palomitas de maiz; hay salas de proyección que ofrecen en sus butacas un espacio para acomodar el paquete de palomitas que se puede comprar a la entrada. Según il vecchio Dario Argento, padre de la Constitución del nuevo cine prêt-à-porter con asesino dentro, los cuerpos de jóvenes, sobre todo los de mujeres, son más estéticos a la hora de mostrar un asesinato con derroche de desnudos y sangre.

Lo que Argento calló, pero todos sabemos, es que, en cine, resultan más rentables las víctimas jóvenes, porque son éstos los que acuden con mayor frecuencia a los cines y prefieren verse a sí mismos, aunque sea decapitados o descuartizados con cuchillas, mientras los de más edad, o aquellos que piensen que el fantástico es un hecho cultural, quizá se dediquen a leer en casa, recuperando un placer que algunos no conocerán nunca, los cuentos de M.R. James, Benson, Maupassant, Dickens, Conan Doyle, Nerval, Bierce, Chesterton o Henry James, o, si son aficionados al cine, a ver viejas películas de Browning, Tourneur, Whale, Ulmer, Schoedsack, Cooper, Freund, Florey, Laughton, Mizoguchi, Powell, Has, Fisher, Kobayashi, Freda o La maschera del demonio de Mario Bava, hasta cuyos jardines en blanco y negro llega el aroma de las flores del mal.

  Aquellos que consideran que lo fantástico puede ser algo más que el susto fácil o una bufonesca mascarada, quienes creen en su poder inquietante y perturbador, pueden recurrir incluso a otras películas que se esforzaron por demostrar que las virtudes de la fantasía no se hallan en los espectáculos alienantes ni en las mascaradas de Halloween que sirven sustos de una sola noche, sino en ficciones que violentan, precisamente, la seguridad, la autosuficiencia del pensamiento burgués, que se sirven del sueño y de la pesadila para poner en cuestión la idea de lo familiar, de lo tranquilizador, y reflexionan sobre la condición humana y su conflictiva colocación en eso que denominamos realidad. Véanse, p.e., estas muestras de cine antiguo: L'Anne dernière a Marienbad y Je t'aime, je t'aime (Resnais), Vargtimmen (Bergman) o Toby Dammit y Casanova (Fellini).

José María Latorre
     


8/9