A Mark Kozelek, líder y voz cantante de los norteamericanos Red House Painters, deberían encerrarle en la habitación sombría y sin ventanas de algún entresuelo; acompañado exclusivamente de una guitarra acústica, un frigorífico repleto de botellas de agua, te frío, zumos de melocotón, bocadillos de jamón y ensaladas MacDonald's. Y que su único contacto con la humanidad fuese el de unos cuerpos sin cabeza de mujer que le visitasen de vez en cuando para que se desfogase, y tras añadir una muesca más a su revolver, desapareciesen sin dejar rastro.
A Mark Kozelek lo que se le da bien es ligar y componer canciones. Pero como de lo primero no me corresponde hablar aquí (aunque haya mucho que contar, desde polvos "todo a cien", como decimos en Cádiz, hasta excelsas muñequitas con salud, dinero y amor), nos centraremos en su capacidad para escribir bonitas melodías con un poso amargo, letras poéticas y emocionantes, discos que se encuentran entre lo más granado del rock y el pop independiente de los 90. Lo demás no le interesa. Después de haber estado de gira con él por todo el Estado, puedo afirmar que nunca me preguntó por la historia, la cultura, la gastronomía, el idioma, las gentes o cualquier otro aspecto de las ciudades que visitábamos. Más parecido a Hommer Simpson que a Ernest Hemingway, lo mismo le daba el mar Mediterráneo que el Atlántico, Cádiz que Euzkadi, las avenidas de cemento armado de Valencia que los parques de Sevilla. Él iba a lo que iba: hotel, ducha, prueba de sonido, otra vez hotel, cena, concierto, ligue, a dormir. Eso sí, le gusta jugar al futbolín, tiene hambre de lobo y es un misógino reprimido, aunque esto último no me resulte ajeno.

"Reconozco que soy como un niño, pero no uno de esos niños que se pasan el tiempo preguntando cosas como '¿falta mucho para llegar ?' o '¿qué significa esto?'". No, es un niño retraído y paranoico, que se obsesiona con las cosas, que le da vueltas a todo, que le busca los cien pies al gato. Un niño que dice."¿Y aquí -en Donostia- se habla otro idioma ?". Mmmm, bueno, sí y no. O que suelta: "Pues se parecen mucho el catalán y el euskera". Mmm, bueno, apenas, la verdad es que no. Pero que luego no te pregunta por qué, ni va más allá. A Mark Kozelek lo que le gusta es hablar, no que le expliquen las cosas. Y es algo así lo que sucede con sus canciones. Que dicen muchas cosas y apenas explican nada. Desde "Down Colourful Hill" (1991, 4AD) hasta el novísimo "Old Ramon" (1999, Island), toda la carrera de Mark Kozelek, y por tanto de Red House Painters, se basa en contar historias con las que te puedas identificar, historias de amor y desamor, de amistad y de ruletas rusas, de adolescencias perdidas y heridas en el alma. Historias que, aunque con un alto componente autobiográfico, no son verdad pero podrían serlo. "Old Ramon" supone que en Red House Painters vuelven a unirse talento e inspiración, después de un disco "Songs For A Blue Guitar" (1996, Island), notable tan solo por los pelos y que se puede disfrutar a cuentagotas. Recordaba tanto a Neil Young que las mejores canciones eran un alivio porque sonaban a Mazzy Star, así que pasó totalmente desapercibido en Europa. "Eso es algo que me duele, saber que mi antiguo sello, 4AD, era mucho más eficaz en el mercado europeo, que los discos llegaban a las tiendas pequeñas donde la gente normal se compra música independiente. Desde que fichamos con Island las cosas nos van mejor en América, pero en Francia o en España el disco no se encuentra en ningún lado, o no ha sido promocionado. Y muchos creen que el último lanzamiento fue 'Ocean Beach' o que es tan malo que nadie quiso distribuirlo". En Sevilla, Begoña (ex miembro de Sr. Chinarro) le comentó a Mark después de su concierto que "Songs For a Blue Guitar" le parecía, literalmente, una mierda, y Mark se puso como una fiera, obsesionándose con el asunto hasta el final de su entancia entre nosotros. Desde entonces a todo el que le decía "me ha gustado el concierto" o "me gustan mucho tus canciones" le preguntaba, totalmente a la defensiva, "¿pero te gusta "Songs For a Blue Guitar" ? Pero esto mismo se veía venir, porque a un periodista del Mondo Sonoro, admirador suyo, ya lo mandó a freir espárragos con un bonito "fuck you" un mes antes de la gira, ante la comedida pregunta de si consideraba su ultimo álbum como el peor de su carrera.

En fin, manías de artista. Y de artista con una carrera irregular ("¿te parece de verdad irregular? A mí cada disco siempre me ha parecido el mejor que podía hacer en cada momento, porque me entrego totalmente"), cuyas tres primeras entregas, el ya mencionado "Down Colourful Hill", y los dos homónimos "Red House Painters" (uno en el 92 y el otro en el 93, siempre para 4AD) fueron compuestos casi al mismo tiempo, cuando nuestro hombre tenía apenas veinte o veintiún años.
El de la montaña rusa en la portada fue considerado disco del año en la revista Rock de Lux, y es tratado por todos sus fans (entre los que me encuentro) como lo mejor que han hecho los Red House Painters. Canciones como "Grace Cathedral Park", "Katy Song" o "Bown Eyes", empapadas de melancolía, congoja y textos que más bien parecen ajustes de cuentas contra personajes concretos quedan como un hito en su carrera. Luego vino el álbum conocido como "el del puente", con dos, tres piezas inolvidables y poco más. O el maxi de "Shock Me", con la estupenda versión de Kiss y dos temas tan elegantes como "Three-Legged Cat" o "Sundays and Holidays". O el desigual "Ocean Beach", ecléctico e íntimo al mismo tiempo ("seguramente el disco de Red House Painters que menos me gusta", reconoce Mark). Hasta llegar al comentado "Songs For A Blue Guitar", y sobre todo al reciente "Old Ramon", un trabajo casi al nivel de sus mejores tiempos, con canciones cada vez más largas, más intensas, más dramáticas. "'Old Ramon', aunque no me gusta describir los discos ni hablar de música, puede suponer que los viejos fans del grupo vuelvan su mirada hacia nosotros de nuevo. Es un elepé abierto, poco claustrofóbico, con un single tan claro como 'Wop a din-din' y tantos estribillos sentimentales".

Mark Kozelek es un hombre que, dentro de su espectacular simpleza, resulta peculiar. Durante la gira ("y desde hace casi veinte años", reconoce) no prueba las drogas o el alcohol, no importa que se trate de un excelente Rioja, un vino Fino de Jerez o unas suculentas rayitas de coca de buena calidad. Lo de "Coca, caballo y rey" no se ha inventado para él: "Soy así ahora porque a los 11 años estaba colgado de las drogas y el alcohol, y tuve que estar tres años en rehabilitación, y ya sabes lo que sucede con los que se han curado en clínicas de una adicción, que luego no se atreven a probar nada de nada. Me dedico a algo muy difícil, que es la música, porque la mayoría de la gente se droga, así que rechazo cualquier invitación a doparme, por sistema".

Otra de sus peculiaridades es que no escucha la misma música que escuchan sus fans. Lo que a Kozelek le gusta es, aparte de Cat Stevens o John Denver, el heavy-metal, Judas Priest, AC/DC (de quienes versionea varias canciones en directo), o Slayer, y reconoce haber ido "a cinco o seis conciertos de Iron Maiden". Comenta que "no me gustan los grupos que se supone hacen la misma música que yo. Por ejemplo, Idaho son unos pijos de mierda que cuando se subían en un escenario po-nían cara de tristes, de estar pasandolo mal, mientras que el resto del tiempo parecen personajes de 'Sensación de Vivir'. Me gustan de todas formas, gente como Palace, aunque Will Oldham es bastante impredecible, o las letras de The Magnetic Fields, mientras detesto por ejemplo, a Smog".
Y de los grupos que ha teloneado se acuerda con agrado de los Cardigans, "aunque la cantante pensaba que era una estrella total, y en el escenario parecían no tener sangre. Curiosamente, en los USA me gustaban menos que cuando tocamos con ellos en Suecia. En Suecia se comportan de manera más natural" y con asco de John Cale, a quien acompañaron durante una extensa gira por los Estados Unidos: "durante todo el tour lo único que me dijo el tipo fue 'ummm...bonita guitarra'. A los conciertos llevábamos más gente nosotros que él, y como las entradas eran tan caras nuestros fans se quejaban mucho. Finalmente un día nos vino su manager para decirnos que John quería que le agradeciesemos públicamente el habernos dado la oportunidad de tocar con él. Por supuesto no lo hicimos, y cuando le pedimos no tocar en un show que nos venía fatal (porque mientras el volaba de una ciudad a otra, nosotros teníamos que ir en autobús) nos echó de la gira. Casualmente, su primer concierto ya sin Red House Paitners, tuvo que suspenderse porque el promotor de la sala era un gran fan nuestro, y desde ese momento tuvo problemas para meter más de 100 personas en cada sala".

Todos tenemos nuestras manías, y la de buena parte de los artistas norteamericanos parece ser la de contar historias sobre John Cale. Yo, aparte de esta entrevista, tengo pocas historias que contar sobre Mark Kozelek por muchas razones, entre ellas pudor, fidelidad a la palabra dada, y el riesgo de que nadie crea lo que digo o escribo. Su gira fue un éxito, sobre todo en Pasaia, Cádiz, Valencia o Madrid, y un relativo fracaso en Sevilla, Barcelona y Algeciras. Su repertorio cambiaba practicamente cada noche (el chico puede tocar todas las canciones que ha compuesto), siempre tiene problemas con los técnicos, tuvimos que llevar 4 guitarras durante el itinerario (una de ellas prestada por Pribata Idaho), y en nuestra particular liga genital me ganó por 9 a 3. Posiblemente no vuelva a organizar ningún tour más desde Acuarela y por eso quedan estas páginas como testimonio de un tiempo que se ha perdido y, en muchos sentidos, como un ajuste de cuentas conmigo y con Mark Kozelek, el líder de los Red House Painters.
Jesús Llorente